viernes, 14 de febrero de 2025

JARABO: UNA ASESINA EN SERIE DE ALTA CUNA

Hola, yo soy María José Jarabo Pérez Morris, “una niña bien” de la sociedad madrileña, mi tío era el presidente del tribunal supremo, asesiné a cuatro personas para recuperar una joya de mi amante. Fui la última ejecutada a garrote vil por la justicia. Mi historia la describo ahora:

Por el amor de un hombre, yo conocida como “Jarabo”, asesiné a cuatro personas para el deleite de la prensa de aquella época, que me convirtió en la asesina más famosa de la crónica negra española contemporánea. El suceso horrorizó a la España de Franco y el ejemplar de El Caso que cubrió los hechos se convirtió en el más vendido de la historia, alcanzando la cifra de más de medio millón de ejemplares.

Todo ocurrió entre el 19 y el 22 de julio de 1958.

Jarabo, ese es mi apellido, había nacido en Madrid en 1923 en el seno de una familia adinerada, por lo que me eduqué en los mejores colegios. Niña bien a todas luces, debía dar la talla debido al cargo que ostentaba mi tío.

Recién cumplidos los 17 años en 1940, cuando mi familia se trasladó a Puerto Rico. Dejé los estudios y pasé a llevar una vida de holgazanería al amparo de mi madre.

Era una chica alta, guapa que a los 20 años conquistó a un rico heredero con el que contraje matrimonio y del que tarde poco tiempo en divorciarme. Acostumbrada a hacer siempre mi santa voluntad, no lograba adaptarme a la vida de matrimonio, ni a que ningún hombre decidiese por mí lo que debía hacer. Mis instintos me decían que terminase con él, pero, preferí dar otro rumbo a mi vida.  Decidí entonces trasladarme a NEW YORK. En la gran manzana, me metí en muchos líos y fui detenida por tráfico de drogas y pornografía, no me importaba hacer películas de ese género pues sacaba buen dinero con ello. Me costaron cuatro años de cárcel.

El 20 de mayo de 1950 regreso a Madrid, en donde no tardo en convertirme en la reina de la noche. Me gustaba llevar un alto tren de vida por lo que en ocho años despilfarré los quince millones que mi madre me había dado para instalarme en la capital. Era una buena cantidad para aquella época, pero, para mí todo era poco.

Me gustaba mucho beber y al tiempo la cocaína eran mi alimento de cada día, además con el alcohol me volvía agresiva.

En 1957 Martin Bery, era un inglés casado con una francesa y nada más conocerme se enamoró locamente de mí, convirtiéndose en mi amante.

El dinero se terminaba, yo esperaba un cargamento de cocaína, que las 7.500 pesetas mensuales que recibía de mi madre no llegaban al nivel de vida que acostumbraba a llevar, así que mi amante decidió empeñar una gran sortija de bastante valor, para sacarme del apuro.

La casa de empeños se llamaba Jusfer y los dueños del negocio eran Emilio Fernández Díaz y Félix López Robledo. El adultero Bery, decidió al poco tiempo recuperar su anillo y me apremió a acometer la gestión a sabiendas de que los usureros no se prestarían fácilmente a la devolución de la joya. Sometida, intenté que los prestamistas me la devolviesen, pero me ponían todo tipo de excusas. Su codicia les condenó. Yo les iba a asesinar en su domicilio junto con su criada a punta de pistola y a sangre fría.

Todo ocurrió el 18 de julio, Yo salí con tiempo más que suficiente de la pensión en la que me alojaba en la calle Escosura, (los días de los hoteles de lujo se habían terminado), y en la Puerta del Sol conocí a un hombre Ángel, con el que estuve hasta que dieron las nueve de la noche, hora en la que me dirigí al domicilio privado de los prestamistas, que vivían cerca de la calle Lope de Rueda, Creo recordar que era la calle Sainz de Baranda.

Yo ya lo tenía todo planeado, iba armada y decidida a llegar hasta el fin. Sabía que no me iba a costar trabajo terminar con ellos. Resuelta, llamé a la puerta con los nudillos de la mano para no dejar huellas. Paulina, la criada me abrió. Emilio se enfadó al verme. Presurosa, hice ademán de marcharme. Emilio cayó en la trampa y creyéndome fuera de su domicilio se fue al baño. Allí le maté de un disparo. Mientras Paulina que estaba en la cocina alertada por el disparo empezó a gritar. Me abalancé sobre ella y le asesté una puñalada en el corazón con el primer cuchillo que encontré.

Al rato llegó Amparo, la mujer de Emilio, a quien distraje haciéndome pasar por una cliente, pero en cuanto esta se percató de los cadáveres, Sin pensarlo, le disparé quemarropa. Acto seguido, tranquila y sintiéndome libre de culpa me cambié de blusa, (las salpicaduras de sangre no casaban con mi estilo, no podía salir a la calle de esa guisa) y decidí pasar la noche en el piso. Ellos ya estaban muertos y nada me podían hacer, con la ayuda del café y la cocaína se me hizo más grata la espera.

El día siguiente era domingo, estuve durmiendo en la pensión donde me hospedaba. El lunes acudí a la casa de empeños como si tal cosa y abrí la tienda con las llaves de Emilio.

Cuando Félix el prestamista superviviente entró para disponerse a abrir su negocio, sin mediar palabra, le descerraje dos tiros en la nuca, cayo boca abajo sin rechistar y ya no me molestó para hacer lo que tenía previsto. Buscar la joya para devolvérsela a mi amante.

Todo fue inútil. Consumados los asesinatos, la “niña guapa” no logró su objetivo. Las llaves de la caja fuerte en la que los prestamistas habían guardado la joya que allí había empeñado, jamás estuvo a su alcance.

El 29 de enero de 1959 se inició el juicio en el Palacio de Justicia de Madrid. La sala se llenó de famosos y conocidos, artistas, algún torero e incluso esposas de altos funcionarios, hambrientos del morbo de una causa célebre, la más destacada de la década, y estaba cometida por una mujer.

Durante los cinco días que duró el juicio, estrené un vestido cada día, debía ir elegantemente vestida como había ido toda mi vida.

No sé si soy una psicópata o no. Tampoco me importa. Lo único que sé es que soy la autora de cuatro muertes: dos quizás un poco más justificadas, aunque, en realidad, ninguna puede serlo.

Condenada a muerte, fui la última persona ejecutad a garrote vil por la justicia militar. Aun habiendo confesado mi culpabilidad

 

                                          MARÍA JOSÉ JARABO  

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