1-
Había
una urbanización en plena sierra de Guadarrama, en la que no había
absolutamente nada más que chales antiguos o modernos, pero que, de no ir
exclusivamente a alguna de las viviendas allí existentes, nadie se hubiese
atrevido a entrar en ella. Carecía de asfalto en las calles, tampoco había
luces en las mismas. Adentrarte allí, era como meterte en un bosque sin saber
lo que te podrías encontrar.
También carecía de servicio de
alcantarillado, las casas para ese menester tenían fosas sépticas, con lo cual
cuando llovía o nevaba aquello se convertía en un autentico lodazal. Los pobres
coches lo que sufrían pues cuando el suelo estaba seco, se podían ir esquivando
los baches, pero después de haber llovido, los baches se convertían en lagunas
insalvables. Y ni que decir tiene que para ir a por una barra de pan había que
coger el coche sin más remedio. Si solo había un coche en la familia era duro
pensar que se pudiese estropear pues suponía quedarse encerrado en casa hasta
que este estuviese en condiciones de volver a sufrir el camino.
Allí pasé muchos años de mi vida, muy feliz,
por cierto, pero cuando nevaba sobre todo sabía que había que tirar de
congelador pues no sabía los días que podía durar mi encierro.
Desde el día en que me afinqué de fijo en
esa casa, me convertí en el taxista de la familia. Había solamente dos coches,
el padre como era normal se llevaba el suyo para ir al trabajo y el mío, salía
temprano para ir a llevar a mi hijo mayor a la estación a tomar el tren que lo
llevaba a Madrid a la universidad. Después volvía a casa a recoger al pequeño
para acercarle al instituto, de regreso, recogía la casa y me iba a hacer las
compras pertinentes. A la vuelta preparar la comida y a la salida del instituto
ya estar esperando en la puerta al pequeño. Posteriormente salía a toda prisa a
recoger al mayor a la estación que volvía para comer. Aquello fue un sin vivir hasta
que se le pudo comprar al mayor otro coche para que se valiese por sí mismo.
Mas adelante, la abuela le regaló un Vespino al pequeño y así ya fui un poco
liberada de tanto trajín.
Con el tiempo una pastelería panadería que
hay en el _29, tuvo la gran idea deponer unos buzones en las puertas de los
chales que lo solicitasen, en los cuales dejaban el pan que era lo más
necesario en el día a día. También se les podían solicitar otros artículos,
como huevos, leche, refrescos, bollería, etc… Que solucionaba bastante, si te
encontrabas mal o te había fallado l coche. Te hacían una factura mensual y
nunca hubo problemas con ellos. Pero hasta que eso llegó pasaron muchos años.
Creo
que lo siguen manteniendo, aunque yo desgraciadamente tuve que dejar aquella
vivienda por motivos de salud de mi esposo.
LA CASA NUEVA
2-
Ahora,
después de siete años me encuentro en pleno centro de la ciudad, la casa de mis
sueños quedó atrás. En un principio se construyó con mucho sacrificio, pero con
mucha ilusión en el año 1978, pasados los años en 1973 decidimos fijar nuestra
residencia en ella y hasta enero del 2017 allí fuimos muy felices. Aquella casa
fue muy vivida y disfrutada por todos, mis hijos y mis nietos, cosa que en esta
no es igual.
Tengo a mi alcance todo lo que se puede
necesitar, supermercado, farmacia, caminando un poco más me llego a la calle
Real donde hay variedad de comercios. Si tiro hacia la derecha llego de
inmediato al polígono industrial donde no falta de nada. La casa está bien, es
pequeñita que para mí sola es suficiente ya que en 2018 mi marido se marchó
para siempre. Hecho de menos mi gran jardín, mis árboles y el espacio que
aquella casa tenía, pero ya a mis años he sabido adaptarme a donde estoy y
aunque por mi forma de ser lo acepto todo, sigo sin hacerme a la idea de que no
volverá el que se marchó para nunca más volver. No lo demuestro, pero en mi
interior esa falta ahí siempre está y cuando miro a otras personas que están
peor de lo que él estaba, pienso que podía haber durado unos añitos más, pero
lo cierto es que cayó herido de muerte.
PILAR
MORENO 23 febrero
2025
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