miércoles, 18 de septiembre de 2019

DEJAME QUE TE LO CUENTE




¿Recuerdas cuando me decías...?
escúchame, aunque no me oigas.
Ahora soy yo quien te lo dice.
Quizás en el lugar donde estés,
no puedas escucharme,
pero si sentir lo que ahora te digo.
¡No sabes cuánto duele la soledad!
esa que tú me has dejado al marcharte.
Cuando en la noche cierro la puerta y me acuesto.
Es como una losa que se ciñe sobre mi cabeza.
¡Han sido tantos años juntos!
Hay noches que creo estar soñando, pero… no,
no son sueños, son recuerdos
de luces y sombras de toda una vida.
Risas y lágrimas derramadas a lo largo
del tiempo fueron muchas.
Pero que en nuestra última etapa
eran sonrisas, besos, abrazos, te quiero,
con eso me quedo.
Cuando ponías la música que tanto me gustaba
me tomabas por la cintura,
¡me hacías bailar!
lástima que los cuatro pasos te ahogabas,
te tenías que sentar y descansar un buen rato,
esas palabras candorosas que se veían salir de tu alma,
Cosas que jamás me dijiste de joven.
¡Qué recuerdos! ¿Porque no viviste un poco más?
cuando me despierto en la noche,
estiro los brazos hacia tu lado,
siento el frio de las sábanas vacías
y a la vez exhalo el olor de tu tabaco.
Pienso que te has ido a otro lugar a fumar…
ese olor que impregnó nuestro hogar.
Ese negro tabaco que te costó la vida.
Por su culpa ¡que sola estoy!,
no querías verlo y ahora ya no hay remedio,
¡Ya no puedo hacer nada por ti!
nada te reprocho, lo pasado, pasado…
queda entre nosotros,
Solo queda rezar por ti,
pedir que donde estés veles por tu familia
y sepas lo que te extraño.

PILAR MORENO 17 septiembre 2019




viernes, 13 de septiembre de 2019

EL LICENCIADO





          Jaime era un joven muy estudioso e inteligente que desde muy pequeño había demostrado su amor por los libros y se esforzaba todo lo posible por sacar las mejores notas. Una vez hubo terminado su carrera, leyó con atención todos los anuncios de aquel periódico que solicitaban trabajadores, se había licenciado en derecho y económicas, por lo que iba buscando cualquier trabajo en el que poder demostrar todo lo que había aprendido a lo largo de sus años de estudio.
          Después de mucho buscar, dio con un anuncio que el pensó que era perfecto para cumplir sus expectativas. Envió su curriculum vitae a la dirección que ponía en el anuncio y no sin dejar de mirar otros anuncios, ya que deseaba trabajar lo antes posible, esperaba con ansiedad que le respondiesen de aquel que él deseaba. Su deseo no tardó en cumplirse.
          El día de la cita con el director de la empresa que lo había citado, se levantó con celeridad, se duchó y afeitó con sumo cuidado para llegar a la entrevista lo más presentable posible. Se encaminó rápidamente para no llegar tarde a la cita y cuando llegó lo hicieron esperar un buen rato por lo que el se iba poniendo nervioso pensando en si se abría equivocado pues allí no había nadie esperando nada más que él.
          De pronto se abrió una puerta y apareció una señorita elegantemente vestida y preguntó si el era Jaime Fernández Muñoz, se levantó al instante y contestando correctamente que ese era su nombre, su corazón comenzó a latir con más fuerza todavía. “El señor director lo está esperando, pase por favor”, le dijo aquella mujer, haciendo un gesto con la mano de que aquel era el camino para seguir.
          Con los nudillos tocó la puerta y pidió permiso para entrar. Era un gran despacho y tras la mesa de este, se hallaba un hombre de mediana estatura, bien vestido, serio, pero a la vez con cara afable.
          -Buenos días D. Jaime, yo soy el director de esta empresa, me llamo Rafael Jiménez Rodríguez y espero que podamos entendernos.
          -Eso mismo espero yo, respondió Jaime.
          He leído su curriculum y me parece excelente, los estudios los hizo usted a través de alguna beca.
          -No señor.
          -Entonces fueron sus padres quien le pagaron sus estudios. Fue mi madre señor. Mi padre desapareció dejándonos solos a mi madre y a mi cuando yo apenas contaba un año.
          -Perdone la pregunta, ¿con que honorarios contaba su madre para poder pagarle a usted una carrera de estas características?
          -Mi madre señor se dedicaba a limpiar casas y a lavar la ropa de todo aquel que se lo pedía, había días que trabajaba toda la noche en casa lavando y planchando para que al día siguiente le pagasen la labor terminada.
          -Su madre ha demostrado ser una gran mujer. ¿usted le ayudo en alguna ocasión en sus tareas?
          -No señor ella no lo hubiera consentido, yo solo debía dedicarme a estudiar para no perder ningún examen. Es por lo que ahora deseo poder acceder al trabajo lo antes posible para poder liberarla de todas esas tareas.
          -Señor Fernández, lo primero que le voy a encomendar es que vuelva usted a su casa y trate de curar las manos de su madre y de hacer unos días las tareas que su madre viene haciendo a lo largo de su vida para darle a usted todo lo que ha conseguido. Dentro de una semana le emplazo para que vuelva por aquí y me diga si ha sido capaz de conseguirlo, entonces hablaremos.
Jaime se fue rápidamente a su casa. Por el camino iba madurando lo que el señor Jiménez le había dicho. El realmente nunca había pensado en los malos ratos que su madre había pasado, en los trabajos tan duros que había tenido que hacer y en los desplantes que había tenido que aguantar, simplemente por ser la asistenta, pero para ella todo era soportable con tal de llevar a su casa el dinero suficiente para el sustento y la educación de su hijo. Para ella era lo más importante, nunca pensaba en ella, jamás le había visto cambiar de ropa, salvo los domingos para ir a misa y era la ropa de hacía infinidad de años y la que usaba si había algún acontecimiento especial, el cual se producía en raras ocasiones, pero a él, aunque sin lujos no le faltó nunca nada.
Al llegar a su casa, se cambió de ropa y cogió a su madre por los hombros y comenzó a besarla, al mismo tiempo la fue acercando hasta el sofá, allí la sentó a su lado y tomándola de las manos, con todo cariño le fue acariciando y frotándoselas. Le dijo que, a partir de ese momento, él haría las coladas y de momento ella no tendría que ocuparse nada más que de descansar. Así lo hizo y fue entonces cuando comprendió todo por lo que su madre había pasado durante tantos años para darle todo lo que ahora él tenía.
El día convenido, volvió a presentarse delante del señor Jiménez, mantuvieron una larga conversación y Jaime le contó todo lo que había hecho por su madre y que había comprendido todo lo mal que ésta lo debía haber pasado durante tantos años. Ahora lo único que le agobiaba era conseguir el puesto de trabajo y poder compensarla de todos los sinsabores pasados.
El señor Jiménez le dijo entonces que el puesto era suyo. Lo que él había estado buscando era una persona que pudiese dirigir a sus empleados, pero siempre que demostrase humanidad, que fuese capaz de ponerse en el lugar de cada uno y comprender las cuitas que cada uno llevaba consigo, a la vez que no se dejase engañar con argucias de gente vaga.

                    PILAR MORENO 





         

TRÁGICO FINAL


TRAGICO FINAL

          Juana era una mujer muy joven, se había casado enamorada de Pepe hasta lo más profundo de su alma. todo el que acudió a su boda le reprochaba haberse casado tan joven, tan solo contaba diecinueve años. Además de guapa era la alegría en persona, hacía reír tanto a sus familiares como a todo el que la conocía. No había nadie en el barrio que no le conociese y a su paso la saludase y ella le correspondía con un saludo de lo más cordial y la más amplia de sus sonrisas.
          De ese matrimonio temprano nació Andrés, un precioso niño rubio de ojos azules que hizo las delicias de toda la familia, todos estaban locos con él. Según iba creciendo, todo el mundo le preguntaba a Juana que cuando iba a ir a por la parejita y ella siempre decía lo mismo, si Dios no nos lo envía por algo será. Ellos seguían felices con su hijo dándole todo lo mejor que podían.
          El tiempo iba pasando, y cuando Andrés contaba con diecisiete años, Juana pensó que se había quedado embarazada y se puso muy contenta, ella era joven y fértil todavía y no era nada extraño, todos comenzaron a celebrarlo, pero ella no se encontraba con este embarazo lo mismo que con el de Andrés por lo que fue rápidamente al ginecólogo para ser examinada.
          El médico le prescribió las pruebas oportunas como a cualquier embarazada, aunque al reconocerla ya le dijo que no le parecía un embarazo, pero sin pruebas no debía decir nada. Una vez estuvieron las pruebas en su poder, el doctor le dio la única noticia que jamás hubiese querido escuchar. En su útero había un tremendo tumor que había que quitarle rápidamente. Una vez preparada, fue intervenida y una vez en el quirófano, descubrieron que no solo su útero era lo que estaba enfermo, también estaban invadidos sus ovarios, y hubo que extirparle todo su aparato reproductor.
          Una vez recuperada de la intervención hubo que proceder a darle la quimioterapia, en un principio le iba sentando bien, pero a medida que iba pasando el tiempo, cada vez que recibía la sesión le iba sentando peor. Pasó como un año con ese tratamiento y comenzaron los dolores, unos dolores muy grandes los que hicieron que en varias ocasiones fuese ingresada durante varios días. Había llegado un momento en que su estado era terminal de necesidad, por lo que Pepe, decidió llevarle a casa y que allí fuesen los de cuidados paliativos los que le administrasen la morfina que era lo único que le calmaba a ratos, pues cada vez tenían que administrársela con menos intervalo de tiempo. La pobre se iba apagando como una vela, ya no tenía conocimiento ni nada, solo respiraba y dependía de que su corazón dejase de funcionar.
          Aunque era un desenlace esperado, no por eso fue menos doloroso, sobre todo para Andrés y sus abuelos. Eran un mar de lágrimas continuamente aún después de mucho tiempo de haberse celebrado sus exequias. Nunca la podrían olvidar.
          La enfermera que le administraba los paliativos a Juana era una chica joven, agradable pero no atractiva como había sido Juana en sus mejores momentos, pero si estuvo muy cercana a Pepe en todo momento y una vez producido el óbito, siguió pasándose por la casa con la excusa de darles consuelo pues había visto el sufrimiento que esa familia había pasado.
          Habían pasado solo tres meses cuando, Andrés que ya sospechaba, vio que su padre se citaba con Ángela, la enfermera y como es natural no le hizo ninguna gracia. Se lo hizo saber a su padre y le reprochó que con tan poco tiempo que había pasado de la muerte de su madre se hubiese liado con alguien. Más adelante tendría tiempo de hacerlo, pero, él creía que debía guardar un poco de respeto sobre todo por él que era su hijo y sus padres que estaban destrozados por la pérdida de aquella hija.
          Pepe no hizo caso de las advertencias de su hijo que cada vez se iba calentando más viendo que no dejaba de estar junto a Ángela. Cada vez las relaciones padre e hijo se iban deteriorando más y más. El padre le decía que la soledad era muy mala y él por muy hijo que fuese nunca ocuparía el puesto de su madre ni le daría lo que ella le dio a lo largo de los años.
          Andrés iba observando que cada día faltaban cosas del ropero de su madre como el abrigo de visón que ella tanto quería. Se lo hizo saber al padre pidiéndole explicaciones ya que ese abrigo debería quedar en la familia, pero su padre le hizo callar diciéndole que su madre hubiese querido que lo tuviese ella pues era la que la había cuidado hasta el último día de su vida. Pero, cada día iban faltando más cosas; el día que saltó la última chispa en la cabeza de Andrés fue, cuando se dio cuenta de que faltaba la sortija de brillantes que su abuela paterna le había regalado a Juana el día que nació Andrés y que a su vez había sido de su madre por lo que era una joya familiar y de mucho valor económico y sentimental.
          Pepe seguía sin hacer el menor caso y además siempre le contestaba que todo lo que allí había era de su propiedad, pero Andrés era su hijo y era el heredero universal de su madre sin discusión alguna.
          Visto el caso omiso que su padre hacía de los reproches que su padre hacía, se veía claramente que estaba totalmente enamorado o atontado por la tal Ángela y Andrés no podía más. Una noche, a la hora que sabía que su padre dejaba a la mujer en su domicilio, se presentó delante de ellos y les reprochó a los dos todo lo que el estaba seguro de llevar razón. El padre se puso departe de la mujer y ésta se enfrentó a Andrés llamándole niñato y egoísta y diciendo que dejase a su padre en paz que ya era mayor para saber lo que hacía.
          Andrés sin pensarlo dos veces, muy aturdido y cabreado, sacó una navaja de su bolsillo y se la clavó primero a su padre en un costado, pero cuando Angela se metió por medio para defender a Pepe, Andrés volvió a esgrimir la navaja atinando desgraciadamente en el corazón de la mujer, dejándola muerta en el acto.
          Fue un trágico final para un buen hijo que adoraba a su madre y que el padre como tantos hombres se dejó embrujar por una mujer que según parecía su única intención era ir apoderándose de las pertenencias de la pobre difunta.

                    PILAR MORENO 


         

jueves, 29 de agosto de 2019

EL LEÓN



Con osadía aprieta la presa contra sí
si alguien intentaba acercarse,
rugía fieramente,
nadie debía aproximarse,
la caza era suya, solo suya.
Ella temblaba entre sus garras,
buscaría el modo de desasirse,
era su reto, lo conseguiría,
cuestión de tiempo y táctica
el león no debía darse cuenta.
Tantos años de opresión…
la fiera iba aflojando,
no sospechaba que  la débil presa
escaparía de sus fauces.
Como avezada domadora
sin separarse de él,
se apoderaba de sus sentidos
Había trazado con destreza su futuro,
no sería esclava sometida,
el león comería de su mano
transformado  en dócil felino.

PILAR MORENO 27 agosto 2019

martes, 27 de agosto de 2019

DE VACACIONES CON LA ABUELA




          Marcelina, una viuda de no muy avanzada edad; a pesar de las dificultades que la vida le había ido poniendo en su camino, era una mujer con mucho arranque y ganas de vivir. Tenía cuatro nietos a cuál más preciosos y no era cosa solo suya todo el que los conocía opinaba lo mismo además estaban muy bien educados. Eran de unas edades seguidas, once, diez, nueve y casi ocho. Cuatro adorables criaturas que con su abuela se sentían en la gloria.
          Un día Marcelina hablo con sus hijos y les propuso que, ya que llevaba muchos años sin haber disfrutado de vacaciones, era justo que se tomase unos días, pero, lo que más le gustaría sería ir a un sitio tranquilo de playa, donde pudiese llevarse a los cuatro nietos y disfrutar además del clima, la playa, el sol y las demás cosas que le ofreciese ese paraje, disfrutar del cariño de esos ángeles que Dios le había dado.
          Sus hijos como ella esperaba pusieron el grito en el cielo pero, ella no se arredró y siguió dando la lata, así como los niños que se querían ir a toda costa con la abuela. Después de muchas discusiones y tiras y aflojas, al fin consintieron en dejarle los niños, ni se sabe la tanda de recomendaciones que la pobre Marcelina recibió, casi los tenía que llevar atados con un arnés para que no les pasase nada, no debía dejarlos solos ni un momento, lo que debía darles de comer, nada de chuches, nada de caprichos absurdos, etc, etc. Marcelina a todo decía amén pues era la única forma de poder arrancar con los cuatro muchachitos a su espalda.
          Una vez hubieron llegado a Torrevieja, un pueblecito alicantino, el cual suele tener las aguas bastante cálidas, se instaló en un apartamento que les habían prestado y que ella naturalmente aceptó, pues el no tener que gastar en el alojamiento, le daba margen para poder satisfacer más a su tropa.
          De entrada, en el apartamento solamente se hacía el desayuno, ella acostumbrada a vivir sola, no se iba a poner a guisar en casa ajena, de eso nada. Una vez terminado el desayuno, bajaban a la playa, los chicos lo pasaban en grande y al llegar la hora de la comida, volvían al apartamento, se bañaban en la piscina para soltar la arena de la playa y a comer a un restaurante que Marcelina había ya fichado en el cual se comía comida casera y muy bien de precio; después se subían a casa a tumbarse un poco la siesta, que como era natural la única que se dormía era Marcelina, pues los niños se dedicaban a jugar y a cualquier cosa menos dormir. Por la tarde unos buenos bocadillos de lo que los niños pidiesen, otra vez a la playa o a la piscina, lo que más les apeteciese, después subir al apartamento ducharse y acicalarse para ir a cenar a cualquiera de los chiringuitos del paseo marítimo.
          Los niños estaban disfrutando como enanos y la abuela no cabía en si de gozo de verlos tan alegres con ella. La niña que era la mayor, había hecho amistad con otra niña del bloque en la piscina y como era más mayorcita pidió permiso a la abuela para ir a dar una vuelta con esa niña y otras más que se conocían de otros años. Marcelina no vio nada malo en que la niña fuese a dar un paseo con las otras niñas y la dejo marchar no sin antes darle una tanda de recomendaciones. Los niños como cosa de chiquillos junto con otros de los que jugaban en la piscina decidieron seguir a las hermanas.
          Marcelina se quedó sentada en la terraza del chiringuito esperando a que volviesen sus excursionistas. De pronto, un apuesto caballero se acercó a ella y le pidió permiso para sentarse a su lado. Ella no vio nada malo en decirle que sí, aquella terraza estaba a rebosar y aquel hombre no parecía que tuviese nada más que ganas de charlar. En efecto así fue, el hombre muy caballeroso invitó a Marcelina a tomar una copa en su compañía y ella aceptó. Compartieron conversación, nada de importancia solamente como todos los abuelos, las palabras solamente derivaban en torno a los nietos, los esposos fallecidos, los achaques, es decir lo que suelen hablar las personas de cierta edad. José que así se llamaba el buen hombre, le propuso tomar otra copa y Marcelina se iba animando y aceptó.
          Pasaba el tiempo y los chavales no volvían, tardaban demasiado para ser la primera vez que se iban ellos solos. Marcelina comenzó a inquietarse y José trató de tranquilizarla, pero entre los nervios y las copas que había ingerido, comenzó a ponerse histérica. No había quien la calmase, cada vez que intentaba ponerse en pie, se tambaleaba cual vela de barco en día de marejada. Por más que José hacía no conseguía nada, de pronto los niños volvían y de lejos vieron que un hombre estaba tocando a su abuela. Corrieron hacia ella y se le echaron encima cual fierecillas sin domar. La niña preguntaba ¿abuelita que te pasa, que te está haciendo este hombre? Lo otros miraban con los ojos asombrados de que la abuela no atinaba a hablar y balbuceaba cosas raras. El más pequeño se limitaba a dar patadas al pobre José el cual, solo sabía decir “Niño estate quieto, que no pasa nada”.
          Cuando Marcelina consiguió por fin ponerse en pie y coordinar algo coherente, decidió ir a casa para acostarse. José muy solícito los acompañó, sujetando a la mujer pues aún no tenía mucha estabilidad. El mayor de los niños cada vez que José intentaba sujetar a Marcelina le decía “a mi abuela ni tocarla”. Al llegar al apartamento, José intentó ayudar a Marcelina a entrar, pero el tercero de los nietos rápidamente cogió el palo de la sombrilla y con él amenazó a José, si daba un paso más. El pobre hombre después de decirles que no tuviesen miedo de que no quería hacerla nada malo, se despidió de ellos diciéndoles que cuidasen mucho de la abuela.
          Los niños ayudaron a Marcelina a acostarse y ellos hicieron lo mismo, aunque no se dormían y se pusieron a hablar de las experiencias que esa noche habían tenido. El paseo que ellos habían dado en compañía de aquellos otros chicos y chicas les había conducido hasta una discoteca para menores y se lo habían pasado bomba, pero con la ilusión que les hacía contárselo a la abuela cuando volviesen a reunirse con ella, se les había estropeado al encontrarla piripi en compañía de aquel hombre al que nunca habían visto.
          Por la mañana, se levantaron muy tarde, era casi la hora de comer y Marcelina dijo que le dolía la cabeza, se prepararon y solo se dieron un baño en la piscina para refrescarse y se fueron al restaurante a comer. Al llegar se sentaron en la mesa que ocupaban diariamente, rápidamente el camarero les ofreció la carta para que eligiesen el menú y enseguida se decidieron, no habían desayunado y eso se notaba. Comieron ávidamente y con bastante silencio, a la abuela la seguía doliendo la cabeza. A los postres pidió una aspirina al camarero y le rogó que, al subir a dormir la siesta, no hiciesen ruido para que ella descansase y se le pasase aquel dolor.
          Así lo hicieron, los niños eran muy buenos y la obedecieron. Cuando se despertó, parecía estar nueva, volvió a ser la abuela de siempre, alegre, risueña y con ganas de complacerlos en todo.
          Al llegar la hora de la cena, se dirigieron al chiringuito de siempre, cenaron tranquilamente. Cuando estaban ya terminando, de pronto apareció José, educadamente les saludó y le preguntó a Marcelina como se encontraba y como había pasado el día. Pidió permiso para sentarse con ellos y la abuela se lo dio, a la vez que le pedía disculpas por el espectáculo que había dado la noche anterior. Los niños observaban con la boca abierta. José con mucha calma, les explicó lo que había pasado y el porque su abuela estaba tan excitada, él no pretendía nada más que ayudarla. Los niños lo comprendieron y en cuanto aparecieron sus amigos, pidieron permiso a la abuela, para ir a dar una vuelta como la noche anterior, pero con la promesa de no entretenerse tanto. Ella se lo dio y se quedó charlando tranquilamente con José.
          Le pidió disculpas por lo sucedido la noche anterior y cuando José le propuso tomar una copa le dijo un rotundo no. Había sentido que en lugar de cuidar ella de sus nietos, habían sido estos los que habían cuidado de ella. Esperaba que no le contasen nada de lo sucedido a sus padres pues sino no se los dejarían en otra ocasión.
          El resto de los días que quedaban de vacaciones se sucedieron de la misma forma y José era un elemento más en las veladas nocturnas.
          Cuando llegó el día de la vuelta, viajaron a Madrid también en compañía de José. La abuela y este buen hombre habían congeniado y al despedirse quedaron en volver a verse.

                    PILAR MORENO  22 agosto 2019
         
         
           
         



UNA MUJER MARCADA




Si desde muy pequeña me considero una mujer marcada. Marcada por las cicatrices de la vida y del tiempo. A veces pienso que, porque me ha tocado a mi vivir tantas cosas, que sin ser enfermedades graves, me han hecho pasar por el quirófano tantas veces. Creo que ya van más de veinte.
Comenzaré relatando que a los cuatro años me intervinieron por primera vez de una hernia inguinal, a los cinco me operan de las anginas como a todos los niños de la época; a los seis años me quitan un papiloma de la mano izquierda a los ocho otra hernia en el lado contrario, a los doce una apendicectomía.
Parece que la mala racha ha desaparecido y me tiro una buena temporada sin incidentes graves. Llego al matrimonio y tengo a mis dos hijos, el primero después de dar a luz me dio una tremenda hemorragia que por poco no me voy al otro barrio. En aquel entonces para dar a luz, también nos dormían. Con el segundo lo mismo, solo que en lugar de tener hemorragia di a luz a los diez meses y medio de gestación y también dormida. La verdad es que cuando nos dormían ya estaba fuera la cabeza del niño sería que para cosernos se evitaban algún grito más. Mi segundo hijo era precioso y grande como un ternero, peso 4.800 Kgrs. Y verde como un marciano, salió riéndose, era hipermaduro.
Al poco tiempo de tener al segundo, comencé a tener problemas en los países bajos y por cinco veces me tuvieron que quemar ulceras y quitar pólipos. Con intervalos de tiempo claro.
Yo pensaba que todos mis males ya se habían terminado, pasé unos años muy buenos, pero como no hay felicidad completa, comencé a hacerme pis por donde iba, parecía un grifo, según iba andando aquello lo perdía con gran facilidad, yo no tenía edad de ir oliendo a vieja de iglesia y cuando me propusieron operarme, sin dudarlo lo hice. Me pusieron el andamio como ellos lo llaman y quede perfecta.
De pronto un buen día me levanto con fiebre y con mucho dolor abdominal. Mi esposo me lleva a urgencias, me hacen pruebas y me dicen que de los países bajos no es, me ponen antibiótico y aquel episodio se pasa. No obstante, me dicen que me deben mirar en digestivo. Como aquello se pasa yo sigo con mi vida pues me encontraba bien, aunque de vez en cuando me daba algún dolorcillo justo donde me había dado la ultima vez, pero yo seguía adelante.
Una tarde estando tranquila en casa, comienza a dolerme como la otra vez, pero a gran escala, yo por no asustar fui aguantando todo lo que pude, me acosté pronto fuera de mis costumbres y fue una noche horrible. De madrugada mi esposo me llevó a urgencias y las noticias fueron bastante nefastas. Padecía una diverticulitis, pruebas de todas clases y llegaron a la conclusión de que, si no se solucionaba con antibiótico, habrían de intervenirme a vida o muerte y posiblemente tuviese que salir con la bolsa puesta para los restos.
Estuve diez días ingresada solamente con antibiótico y después de hacerme varias pruebas me mandaron para casa, sabiendo que me tenía que operar a la mayor brevedad. Era el mes de diciembre y yo en ese mes no quise operarme, me dijeron que, bajo mi responsabilidad, me operaron el trece de enero y gracias a Dios todo salió bien. Antes de la operación estuve varios días haciéndome sacadas de sangre para si se necesitaba transfundirme que fuese de mi propia sangre.
Al año justo de la operación, comienzo a sentirme mal, me daban dolores muy fuertes y cuando comienzan a hacerme pruebas no encontraban de donde venían, hasta que di con un médico espabilado que vio que lo que tenía era una eventración. Vuelta al quirófano, otra vez abierta por el mismo sitio y a ponerme una malla por dentro para evitar que se volviese a abrir.
Pasado un tiempo comienzo a sangrar por el ano y después de mucho reposo, cremas etc. Etc. Llegan a la conclusión de que se me ha hecho una fisura anal, bueno pues otra vez al quirófano, que le vamos a hacer si no hay más remedio. Fueron unos días pésimos, pero vuelvo a dar gracias a Dios que quedo bien.
Creo que Dios me dejó descansar de males para que pudiese atender a mi esposo hasta su último aliento
Aunque yo no me había abandonado pues, yo me quejaba de mi boca y no paraba de ir de un médico a otro, hasta que el no faltó, no fui al dentista para que me mirase la boca pues todos los días amanecía con el carrillo mordido. Me sacaron una muela que estaba torcida y dijeron que era la culpable y me sacaron otra de abajo que pensaban estaba partida. No vieron nada. Si quería podía ir a maxilofacial para que me limpiasen lo mordido.
La casualidad hizo que un enfermero que atendió a mi marido me vio la boca como la tenía y me dijo que inmediatamente fuese a maxilofacial y aunque mi doctora no me quería derivar, yo me puse bruta y conseguí que me enviase. Cuando fui a la consulta y me vieron, me preguntaron cuanto tiempo llevaba así. Al decir que llevaba más de dos años y medio, se escandalizó. Lo primero que hizo fue hacer una biopsia y al recoger los resultados ya me dijo que podía haber algo malo y que había que operar. Me operó de inmediato y cuando estuvieron los resultados de patología ya me dio la mala noticia.
Rápidamente me preparó para volverme a operar y vuelvo a dar gracias a Dios que al menos los ganglios no han salido infectados, ahora solo me queda esperar que el resto vaya cicatrizando y aunque sea pesado y tenga que tener muchas revisiones, salga todo lo mejor posible.
Por todo lo expuesto, me permito decir que soy una mujer marcada. Mi cuerpo está lleno de puñaladas y donde únicamente no tenía nada que era en la cara, ahora parece que me han degollado. Tendrá que ser así y por supuesto que quiero seguir adelante.

PILAR MORENO
 





domingo, 2 de junio de 2019

VIVIR


Vivir, que hermosa palabra. Venimos a este mundo a eso, a vivir. No todos lo hacemos de la misma forma, pero es precioso hacerlo. Desde que vemos la primera luz del día o de la noche según la hora en que nuestra madre nos de a luz, es la obligación que tenemos vivir. Agarrarnos a este mundo con todas las fuerzas de nuestro pequeño corazón y a la vez que vamos creciendo, esas ganas también se van agrandando.
Según la familia en que la que hayamos caído, viviremos de una forma o de otra. En unas se vivirá con más holgura que en otras. Pero creo que todos los padres tratarán de que crezcamos, dentro de las posibilidades de cada uno, sobre todo con el mayor amor posible y esperando poder sacarnos adelante y que en un futuro seamos felices. Por circunstancias de la propia vida, no siempre se consigue, pero siempre tratan de alcanzar esas metas.
Hay veces que la vida nos juega malas pasadas y no influye en que seamos ricos o pobres. Cuando esas ocasiones se presentan, lo único que a mi parecer hay que hacer es afrontar la situación con toda dignidad. Agarrarnos sobre todo a la vida y por mala que sea la situación, tratar de verla como un episodio que nos ha tocado vivir, pero sin desesperación. Siempre que las cosas se miran con optimismo, es más fácil salir de ellas.
Voy a contaros mi caso más reciente. Mi esposo, siendo un fumador empedernido, de cuatro paquetes diarios, se pone gravemente enfermo y el mismo dice antes de que le diagnostiquen nada, que tiene todas las papeletas para que le toque algo malo. En efecto, le detectan un carcinoma de pulmón, el cual no tiene operación ni curación, según le comenta el oncólogo a él mismo. Le dice duramente que le quedan entre seis meses y un año de vida. Como es natural se nos viene el mundo al suelo. El que lo veía todo negro habitualmente, dice que, si le queda tan poco tiempo, para que se va a tratar.
Yo que soy todo lo contrario, me opuse a su decisión y después de mucho pelear con él, conseguí que comenzase el tratamiento. No fue fácil, ya se sabe la consabida quimioterapia, la cual no le sentó muy mal en realidad y pasado un tiempo lo metieron en un ensayo clínico, el cual dio unos resultados estupendos. Eso le permitió llevar una vida más o menos normal durante casi dos años y en realidad estaba encantado. Como en todas las cosas siempre hay un, pero y ese pero resultó que en un determinado momento, el bichito se escapó de donde estaba y se subió al cerebro. Desde ese momento, que lo dijeron comenzó a paralizarse, el me decía “tu no me crees, pero me estoy muriendo”. Cierto era y yo nunca pensé que sería tan rápido, duró un mes.
Ahora pienso en lo bonito que es vivir y lo triste que es ver como se te va un ser tan querido, pero también creo que mi optimismo me hizo llevar la enfermedad, con más serenidad, sin angustia y sin obsesionarme con la gravedad que había. Nunca imaginé que sería tan pronto, lo estaba mirando como se iba y no lo creía, siempre pensé que habría una mejoría, me agarraba a su vida.
Animo a todo el mundo a que vivan con todas sus fuerzas, que aprovechen cada instante, que como dice la canción solo se vive una vez y lo que no hagas hoy, quizás mañana no lo puedas hacer. Vivir cada momento con intensidad, como si no hubiese un mañana. Siempre valorando lo que se tiene y no sobrepasándose en las posibilidades, pero el no hacer hoy por lo que mañana pueda venir, es una forma muy negativa de vivir y solo conduce a que el día de la partida final, te vayas con las manos vacías, de cosas que podías haber hecho sin esfuerzo y por aquello de… te quedaste sin hacerlo.
Vivir, vivir, vivir, es un lema que para cada uno de nosotros debe ser como el pan de cada día, el alimento espiritual, aparte de la fe que cada uno profese.
En el papel no se puede gritar, pero yo quiero vivirrrrrrrr.

PILAR MORENO  2 de junio 2019