martes, 8 de diciembre de 2015

EL CORONEL BELLIDO

La agenda del coronel Bellido, estaba desbordada. Hacía años que pasaba el tiempo sin apenas tener nada que hacer, más de pronto se puso el estado de la nación en alerta máxima y de todos los despachos lo llamaban, era el coronel de aquel destacamento y tenía que coordinar tanto con generales, comandantes, capitanes, tenientes etc. la logística que se iba a emplear durante la contienda si es que esta llegaba a producirse. Para el coronel se convirtió en una situación tediosa, todos le consultaban, había que tomar resoluciones, decidir en poco tiempo lo que había que hacer. Era muy probable que la guerra estallase en muy poco tiempo. Bellido comenzó a brumarse, habían pasado tantos años de paz que no sabía cómo se podría desenvolver en una situación bélica. Casi había olvidado cómo manejar las tropas en el campo de batalla pero era imprescindible que lo hiciese. Sintió miedo, mucho miedo, tanto personal a su cargo. Aunque estaba abrigado por tropa de más bajo escalafón, pero él era el responsable de todo aquello. Si acertaba con sus decisiones, era muy posible que más que una gran batalla, se resolviese en poco tiempo el conflicto, pero de no ser así, las consecuencias podrían ser terribles para la nación. Debían acabar con los insurrectos lo antes posible y dar por zanjado el tema que los enfrentaba. Una tarde se sentó en su despacho y se puso a pensar de qué forma podría quitarse el miedo que le hacía temblar todo el cuerpo. Estaba ya todo calculado, tenía doce horas antes de lanzarse al ataque con todas sus tropas. Ya no había marcha atrás, la ofensiva estaba lanzada. Por otro lado sabía que si todo salía bien a su carrera le reportaría un ascenso con el que se podría jubilar con pingües beneficios a demás de las condecoraciones que aquello conllevaría, sería un héroe al final de su carrera militar. De pronto se levantó de su sillón y se dirigió al mueble bar que había en su despacho y al que nunca había recurrido por ser una persona totalmente abstemia. Allí encontró una botella de licor de guindas que nunca se había abierto, estaba allí por si alguna visita decidía tomar una copita. Se sirvió una, la paladeó con sumo placer y se encontró reconfortado. Al rato volvió a servirse otra copa y entre pensamiento y pensamiento iba dando buena cuenta de dicha botella. Llegó la hora de salir del acuartelamiento con toda su tropa y realmente no solo no sabía cómo dirigirlos, tampoco sabía el mismo ni donde se encontraba, las órdenes que daba, todas erar erróneas y aunque sus inferiores querían corregir la trayectoria del ataque, imponía su voluntad gritándoles que él era el coronel y se le debía plena obediencia. El resultado fue que según iban avanzando, iban cayendo soldados muertos por doquier, nadie era capaz de hacerlo retroceder ni en la avanzadilla ni en sus ideas. Tampoco la borrachera se le pasaba, ya que al haber ingerido toda la botella y no haber bebido nunca el efecto fue muy fuerte en su cuerpo. Casi todo el batallón murió por su culpa. Cuando por fin estuvo sobrio y vio todo el desastre que había causado, no hizo falta que lo formasen un consejo de guerra. Su conciencia comenzaba a darle fuertes latigazos en el pecho, cómo había llegado a aquella situación si él aborrecía el alcohol, al llegar de nuevo al acuartelamiento, en la puerta, cayó de rodillas al suelo pidiendo a gritos perdón por el desastre que había causado. ¿“Dios mío qué es lo que he hecho”? ¿a cuantos inocentes he matado por mi falta de responsabilidad? Cuando sus compañeros fueron a acercarse para levantarlo del suelo, les gritó, no se acerquen a mí, soy un asesino y abriendo la cartuchera de su pistola la sacó y sin dudarlo se pegó un tiro en la sien. Así termino la brillante carrera del coronel Bellido. PILAR MORENO 25 noviembre 2015

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